LA FICCIÓN SUPERA A LA REALIDAD

 

Una llamada de teléfono interrumpió rápidamente mis pensamientos. Era mi hijo para preguntarme algo relacionado con la forma de descargar un video de Internet en formato adecuado para su iPod. Al finalizar mis indicaciones y antes de colgar, me dice: Aita, por cierto, he fichado por el Arsenal. Me quedé perplejo, con el teléfono pegado a mi oreja izquierda, sin saber a qué se refería y por supuesto con cara de lelo. Por un instante creí que su afición al fútbol realmente le estaba volviendo loco, o atontado, que a su edad de adolescente, lo mismo da. No oculto que me dejó preocupado al colgar el teléfono. Tanto fútbol…pensé; entre sus entrenamientos, el partido del fin de semana, las maquinitas de alta tecnología (Wii, PS3, X-Box, Nintendo DS, etc.), los partidos de la Sexta, los del Plus, los de la Premier en La2, el Derby, la fiebre de un tal Maldini, los periódicos deportivos, las páginas web del Romo, del Athletic, Marca, Cantera y el moderno Comunio, realmente le dedica mucho tiempo al fútbol. Cuanto más lo pensaba, más nervioso me ponía. Debo restringirle algo, pensé. Parece tener un balón por cerebro. Al Arsenal, al Arsenal…¡qué leches ha querido decirme! Y ¿por qué por el Arsenal y no por el Athletic?. Otra llamada de un colega del trabajo, me devolvió a la realidad diaria; al duro curro delante del ordenador, un trabajo nada apasionante, durante ocho horas seguidas.

Las 17:30 h. Apago el ordenador, me pongo la chamarra, ficho y me dirijo raudo y veloz a casa. Una tarde fría. En escasos 12 minutos, a paso ligero, llego a casa. Mi casa, mi hogar; con su olor característico, indescriptible, pues es una mezcla de muchos aromas. Pero es suyo, muy particular y me gusta. Y cada habitación huele distinto.

-       Buenas tardes, saludo en tono amable.

 Nadie contesta. Repito el saludo aumentando el tono de voz. Esta vez oigo un tímido ¡hola! de mi hijo; parece que no hay nadie más en casa. Me cambio de ropa y rápidamente entro en su habitación para hablar con él, pues era un buen momento; estaba solo, estudiando inglés. Llevaba puesta una ajustada camiseta roja de Cesc que un tío suyo le había traído de Portugal por su cumpleaños, hacía ya dos años.

Fui rápidamente al grano, tal era mi preocupación.

-¿Qué has querido decirme con eso de fichar por el Arsenal?

- ¡Ehhh! Nada. Sí, me han fichado y me van a pagar 600 mil euros por temporada.

- 600 mil ¡qué!. Tú estás mal del bolo, tío, le contesté hablando como si fuera uno de sus colegas.

En un instante pensé que estaba peor de lo que me imaginaba, pues no sólo decía que le había fichado un Club inglés, sino que, además, le iban a pagar lo mismo que cobraría yo de aquí a que me jubilase y se había puesto a estudiar inglés a las 17:45 de la tarde vestido de Cesc. Yo no daba crédito al espectáculo. Él no levantaba la vista del libro de inglés, le notaba concentrado, como nunca. Y yo cada vez más sorprendido y nervioso. Me sudaban las manos. Creía realmente que mi hijo estaba enfermo, pero no podía poner nombre a su enfermedad; no era un ludópata, quizá una neurosis pasajera o un desorden obsesivo-compulsivo, pensé. Respiré hondo, me tranquilicé y salí de su habitación. Encendí el ordenador portátil y busqué en Google y en la Wikipedia alguna página o término que me ayudara a definir la enfermedad de mi hijo. Hoy día todo está en Internet, pensé. Quizá localice un foro en donde se aborde esta problemática y alguien pueda ayudarme a entender la enfermedad y a combatirla, me dije. Después de un buen rato buscando información, no encontré nada relevante. Me sentía frustrado, porque uno de mis hijos padecía una enfermedad nueva, aún sin definir y sin tratamiento. Dándome una última oportunidad busqué en páginas especializadas de fútbol en donde escriben psicólogos y expertos. Nada que pudiera consolarme. A hurtadillas miraba hacia la habitación de mi hijo. Seguía estudiando sin levantar cabeza del libro, sin llamarme, sin preguntarme nada. No podía creerlo. Está en una fase avanzada de la enfermedad, pensé. Y de repente, en un momento de inspiración, me vino a la cabeza un nombre para su enfermedad para teclear en Google: futbópata. Google sólo me ofreció tres resultados en portugués y para nada relacionados con los síntomas que yo apreciaba en mi hijo. Este término me llevó a otro menos rebuscado: futbolitis. Google me vomitó 68200 resultados. Fui abriendo alguna que me pareció apropiada: futbolitis.com y futbolitis.org, algún que otro foro, pero no contenían nada relacionado.

La llamada de mi hijo, me sobresaltó.

-       Aita, ven, mira, ahora me sacan.

-       ¡Te sacan! ¿A dónde? Grité sin apartar la vista de la pantalla del ordenador

-       En el Arsenal, al campo, contestó

¡Joder, cómo está este!, pensé

-       Ahora voy, que no te metan, que quiero verte, le dije creyendo que sería bueno seguirle la corriente. En cuanto apague el ordenador, voy.

-       ¡Corre, corre!, mira que gol he metido, gritó con entusiasmo

-       ¡Pero si tú no has metido un gol desde benjamín!, le solté espontáneamente

-       Ya no lo ves. Siempre te pierdes mis goles, me dijo

-       Enseguida metes otro, le contesté en tono jocoso mientras entraba en su habitación

Ahí estaba mi hijo, sentado en una silla, delante de la pantalla de la televisión, manejando con un mando negro inalámbrico a un futbolista rubio del Arsenal que tenía su misma cara, que se llamaba como él, que chutaba con ambas piernas, que se codeaba con Cesc Fábregas y que le habían sacado en el minuto 49 de la segunda parte en un partido contra el Manchester United. Yo, alucinado por el parecido con la realidad, pues el futbolista tenía su misma cara, le pregunté cómo lo había “fabricado”. Me dijo que con paciencia consiguió crearse a sí mismo introduciendo una foto jotapege por el puerto uesebe de la consola mediante un micro pendraive. Casi nada. Eso me pasa por preguntar, pensé.

La verdad es que, ya más tranquilo al comprobar que era todo un juego, me quedé un buen rato con él viendo cómo cada vez jugaba más minutos e incluso en un partido contra el Chelsea jugó de titular, hizo un hat-trick y dio dos asistencias. Mi hijo, era un futbolista perfecto, muy competitivo, limpio, eficaz y goleador. Todo un crack. Otros equipos, incluído el Real Madrid, habían hecho ofertas al Arsenal por él.

Le di una palmadita en la espalda, le ofrecí una sonrisa y le dejé jugando otro partido, todo emocionado porque el Madrid también se interesaba por él. En 6 meses en el Arsenal, había metido 30 goles y había subido considerablemente su caché.

Mientras salía de su habitación, se esfumaron mis preocupaciones. Mi hijo no estaba enfermo, sólo estaba practicando con un juego interactivo que rozaba la perfección y, cuyas acciones ficticias claramente superan a la propia realidad.

Luis Labeaga (8 de enero de 2009)