CRÓNICA DE MI ÚLTIMA PACHANGA

  

Hace ya más de una año que escribí una pequeña reflexión sobre cómo veía yo a los padres de cualquier Club modesto de fútbol. Hoy voy a contaros cómo me veo yo a mí mismo después de haberme apuntado inconscientemente a un partido de fútbol-7 improvisado sobre la marcha y en la que participamos algunos directivos y entrenadores del ROMO FC reforzados con un par de porteros en activo y algún padre despistado. Y todo porque unos presos que suelen retar amigablemente a los entrenadores, les dieron plantón. Yo estaba nervioso; hacía unos 8 años que no jugaba al fútbol. Por no tener, no tengo ni botas, ni pantalón. Pero me sobran ganas. Fui tan ingenuo que hasta me probé las botas de mi hijo mayor en un intento de vestirme oficialmente de futbolista. Había que guardar las formas. Por supuesto que no me valían, me quedaban grandes. No me quedó más remedio que introducir en mi vieja y pesada bolsa de deporte, ropa para vestirme como si fuera a jugar a paddle, con pantalón Niké, azul, de cremallera y calzado deportivo sin tacos y antideslizante. Eso sí, me enfundé un polo rojo marca Romo de los que creo que sólo lo hemos comprado los directivos, algunos entrenadores y sus amigos más íntimos. Ilusionado porque esa tarde podía volver a sentirme futbolista, me fui a la oficina del Club con mi bolsa de deporte llena de ropa para jugar al paddle. Sólo me faltaba la raqueta. Entre devolución  de fianzas, firmas de documentos de compromiso y traslado de bolsas de deporte de una sala a otra, pasó la tarde y se aproximaba la hora de la pachanga. Txispi, un viejo rockero, extrañado, a mi edad, por que hubiera aceptado formar parte de uno de los equipos, me vacilaba continuamente diciendo que abandonara, que me lo pensara bien y que mejor le pedía a Txus unos naipes para desfogar allí nuestras energías en una maratoniana sesión de mus. ¡Qué listo es este Txispi!. Pero ni yo ni otros algo más jóvenes, le hicimos caso.

Debo decir que yo, que ya no cumplo cincuenta, era el de más edad, el más vejete. Antes de ir hacia el vestuario, subí las escaleras de acceso al campo de Gobela, escenario del evento, para echar una mirada al terreno de juego como quien realiza la última inspección. Apoyado en la barandilla observé que Eleder y Asier, dos entrenadores-jugadores, estaban ya calentando dando una vuelta al campo con un trotrecito suave y rítmico. Pensé…si yo doy una vuelta al campo al ritmo de ellos, me voy a la ducha directamente sin jugar el partido. ¡Qué fantasmas!. Con unos estiramientos bien realizados, seguro que ya vale. Eran algo más de las ocho de la tarde y decidí ir al vestuario 3 de Gobela. Allí estaban todos los entrenadores del Romo vestidos de futbolista, como debe ser. Alguno se sorprendió realmente de verme y fue tan educado que no hizo ningún comentario, aunque por dentro estaría preguntándose: ¿Y este carrozón, qué pinta aquí?. ¡Si le va a dar un infarto!. Me dejaron solo con el entrenador del Alevín, un jovenzuelo que por edad, podría ser mi hijo. Como si fuera mi colega, le pregunté cuatro chorradas como para integrarme en el grupo, para hacerle ver que era uno más. Hasta para vestirse fue más rápido que yo. Pero no pasa nada, pensé. Ahora salgo vestido de “padelista”, hago unos estiramientos y ya está. Con un porte que no me podía aguantar. Me sentía tan bien haciendo flexiones de espalda, de rodillas y moviendo los tobillos, que hasta me veía sin barriga, realmente joven. Pronto me puse bajo los palos para que me tiraran unos tiros para entrar en materia. Por arriba iba perfecto, parando lo que me chutaba el bueno de Alfonso; por abajo ni me enteraba. Pensaba…a la siguiente, me tiro, como si tuviera 20 años. Hice un solo intento y noté una especie de amago de tirón entre la espalda y la cadera, pero aún controlaba. Un tiro algo más fuerte, muy centrado, me hizo blocar el balón perfecto, con los brazos, con estilo. ¡Coño, que dolor sentí en los brazos! Soplé disimuladamente sobre el antebrazo derecho para paliar el dolor  tan agudo. Pero ni me inmuté. Continué calentando mientras los entrenadores en el centro del campo, decidían los componentes de cada equipo. Me desilusioné cuando decidieron que ya había dos magníficos porteros y que yo iba a jugar en punta, donde más se corre. Si me llego a dar cuenta me podía haber ahorrado el dolor en el antebrazo. Bueno, en punta, como los cracks.

Empezó el partido. No había árbitro, pues el oficial, Oscar, jugaba en el equipo contrario. Me pasaban algún balón y casi nunca llegaba. Un centro que hice desde la izquierda, sin fuerza, lo blocó perfectamente el portero rival. Pronto, sin darme cuenta y a los 12 minutos, mi equipo perdía por 3 a 0. Yo, apenas me desmarcaba y cuando lo hacía ni me pasaban el balón. Estaba agotado y jadeando de tanto sacar el balón del centro del campo. Era lo único que hacía bien. En estas estaba cuando Eneko, el entrenador del Alevín “C”, buena persona y magnífico jugador y que un día me tiene que explicar el porqué de su “bolito”, me hizo un pase en corto que yo le devolví con la izquierda en una buena pared que sirvió para que anotara el primer gol. Tres a uno perdiendo al cuarto de hora de partido, un partido programado a dos tiempos de 30 minutos, como los de alevines. Ahora, le tocaba el turno de sacar desde el centro al equipo rival. Nuestras caras nos decían que podíamos remontar el resultado adverso. Con este pensamiento como autoestímulo estaba, cuando Eleder, otra fiera, me dio un pase que seguro sabía que no lo cogería nunca. Mi cabeza me decía que si corría un poco llegaría al balón y me quedaría solo ante el portero. Pero mis piernas decían lo contrario o se revelaron contra el cerebro. Durante la carrera noté un dolor agudo en mi tobillo izquierdo que me hizo parar repentinamente y ahí se acabó todo. Les dije que no pasaba nada, pero que lo sentía que para mí, se había acabado el partido, que se retiraba el crack. Pedí las llaves del vestuario 3 de Gobela y cojeando pasé entre una docena de jugadoras adolescentes del Bizkerre que a saber qué leches pensarían al ver a un txinkuentón vestido de “padelista” por el campo de Gobela. Esto sí que era una alucinación.

Renqueando llegué hasta el vestuario. Lo abrí, me senté en el banco del fondo, bajo mi camisa y pantalón colgados y eché mano a mi dolorido tobillo. Después de unos suaves masajes, me desnudé y entré en la ducha. Dejé que el chorro de agua caliente corriera por mi espalda, mientras pensaba en el partido. Lo peor estaba aún por llegar.

Justo cuando me estaba aseando entró mi hijo mayor, Luis, medio sonriendo y haciendo comentarios jocosos al respecto. Había visto mi “actuación”. En ese momento pensé que había decepcionado a mi hijo. Su “superaita” había acabado sus días de futbolista delante de él, vestido de “padelista”, corriendo de forma patética, tirando con menos fuerza que su abuela y haciendo pases más en corto que los que se hacen cuando juegas al futbolín. Ni tan siquiera me preguntó por mi tobillo. Ahora entiendo cuando alguien se siente “pringao”, “notas” y todos esos calificativos que tanto usan los adolescentes. En ese momento, mientras me vestía con mi vaquero nuevo y mi camisa a rayas, decidí de una jodida vez, no volver a jugar nunca más al fútbol, ni 5, ni 7, ni 11, ni pachangas, ni tiros. El fútbol “activo” para mí se ha acabado.

En el pasillo del vestuario, sentado en uno de los bancos, Germán y mi hijo, me estaban esperando. Mi hijo a su bola, oyendo su iPod. Germán me preguntó por el tobillo y salimos de nuevo al campo a dejar las llaves del vestuario. Allí estaban mis rivales y compañeros, descansando y reponiendo fuerzas. Había acabado la primera parte. Pregunté por el resultado y me dijeron que 4 a 4. Cuando yo abandoné el campo, lesionado, empezaron a jugar los muy cabrones. No quise estar allí ni un minuto más. Dejé la bolsa en la oficina del Club, mandé a casa a mi hijo y Germán y yo, en amena conversación, nos fuimos en metro hasta Algorta. Bajamos al Puerto Viejo y una hora más tarde con otros directivos, nos fuimos a cenar al Karola Etxea. Cuando llegaron los demás, me enteré que mi último equipo había ganado…sin mí. Txispi, el muy zorro, con su sonrisa socarrona, que ya se había enterado de mi lesión de tobillo, me recordó lo de Txus y la partida de mus. Pues entérate Txispi, tampoco sé jugar bien al mus. Prefiero una buena partida de “marrana”.

Así, de esta manera, transcurrió mi última pachanga, jugando al futbol-7 vestido de “padelista”. Y así os lo cuento para que quede constancia de hasta donde puede llegar la inconsciencia de un aita aficionado al fútbol que por fin ha admitido su decrepitud para este magnífico deporte, que me apasiona.

Que paséis, compañeros y rivales, un buen verano.

 

Luis Labeaga (22 de junio de 2008)