El fútbol como asignatura

 

Desde mi punto de vista de aficionado al fútbol y padre de dos jugadores que visten en la actualidad la camiseta de un Club modesto cual es el ROMO FC, voy a intentar establecer un símil sencillo entre el fútbol y cualquier otra asignatura que estudian nuestros hijos con la particularidad de que el fútbol no es una asignatura obligatoria sino optativa, es decir, te apuntas a ella porque te gusta.

De la misma manera que los padres deciden apuntar o matricular a sus hijos en alguna actividad extraescolar no física, como música, idiomas o pintura, también suelen considerar importante para el desarrollo integral, hacerlo en alguna actividad deportiva, como pueden ser el fútbol, la natación o la pelota a mano, por poner unos ejemplos. Ya desde pequeños y en muchas ocasiones consecuencia directa de nuestras propias aficiones o frustraciones, y por el tópico de proyectarse sobre ellos, les intentamos dirigir hacia la práctica de una determinada afición, sin que este hecho en sí mismo suponga una mala práctica o defecto en su educación; suele ser una tendencia natural, subconsciente a veces, aunque en otras ocasiones -las menos en mi opinión-, los padres orientan a sus hijos hacia aficiones que nada tiene que ver con lo que ellos practican o practicaron en tiempos pasados probablemente por desencantos o frustraciones ocasionales.

En el caso de cultivo de la afición del fútbol, cuando decidimos que la aprendan y desarrollen en un colegio (ROMO FC, por ejemplo) debemos tener siempre claro que va a ser como una asignatura más. Asignatura en la que se les va a enseñar año tras año, la base, la técnica, la estrategia, las normas y todos los entresijos de la materia distribuidos en diferentes niveles desde benjamín (9 años) hasta juvenil (18 años). Al mismo tiempo y durante estos años, los alumnos (los jugadores) aprenderán todo eso y además se les exigirá  respetar a sus compañeros y rivales, ser solidarios, comprensivos y disciplinados, valorar su esfuerzo y el de los demás y conocer cómo trabajar en equipo. Todos estos valores y virtudes, si las aprenden y las aplican, formarán un pilar básico, sólido e importante en su educación como personas. Los profesores de esta asignatura (entrenadores) deben actuar por tanto, como enseñantes y como educadores. Enseñar para ellos, no supondrá una excesiva complicación, pues muchos de ellos estarán en posesión de títulos de capacitación o tendrán una muy buena formación y aplicarán con sus alumnos los métodos y prácticas aprendidos de otros profesionales mucho más cualificados .  Pero lo que realmente les supone auténtico esfuerzo –tanto o más que a los propios padres- es actuar como educadores, pues deben de conocer perfectamente las características y sensibilidades de cada alumno o jugador y aplicar fórmulas personalizadas de estimulación y de corrección de conductas para conseguir el máximo rendimiento en la asignatura y en su maduración personal.

Siguiendo con el símil de considerar al fútbol como una asignatura, un aspecto que puede tener su importancia es el establecer un número óptimo de alumnos por clase (equipo de fútbol), con el fin de conseguir una buena estabilidad y sintonía en el grupo e implicar más a los alumnos favoreciendo su participación activa en la consecución de resultados. Lo que quiero decir es que si el equipo se examina todos los fines de semana en los partidos de competición, se conseguirá mayor implicación de los jugadores cuanto mayor sea su posibilidad y el tiempo de participación y ésta puede depender en cierta medida, no sólo de lo que se esfuercen en la clase (entrenamientos) y de sus cualidades innatas, sino también del número de integrantes del grupo y de su sintonía con el profesor. En relación con el fútbol-11, un jugador tendrá más posibilidades de participar –y más tiempo- cuando el equipo lo forman 17 que cuando lo hacen 20 alumnos, por pura ley de probabilidades. Por ello, creo que es labor de los responsables deportivos del colegio (Club) el establecer en cada clase el número ideal de alumnos para conseguir ese equilibrio interno del grupo para que funcione perfectamente. A veces creemos que teniendo más jugadores de los estrictamente necesarios (óptimos), vamos a conseguir mejores resultados, pero sin embargo, lo que conseguimos es favorecer el fracaso escolar, es decir el abandono de alguno de los jugadores, casi siempre de los que menos tiempo juegan o participan en la consecución de resultados. El hecho por tanto, de no dar con el número óptimo de jugadores por equipo, junto con la dificultad que muestran los entrenadores (educadores) para aplicar fórmulas personalizadas de estimulación, junto con la propia personalidad del jugador, hace que algunos de éstos tiren la toalla y abandonen muchas veces a la primera de cambio. Y cuando esto sucede los responsables del Club junto con el entrenador y los padres siempre deben de analizar qué es lo que se ha hecho mal o al menos cuáles pueden ser las causas, del fracaso escolar para intentar corregirlas o al menos comprenderlas.

Muchos abandonos se producen sin que haya habido verdadero diálogo entre los padres, entrenador y Club y sin que haya habido intentos serios de reconducir errores que se hayan podido cometer por parte de todos y que pueden discutirse con profundidad. Al final y dependiendo con quien hables, siempre prima la búsqueda de culpables cuando en realidad había que haber buscado errores cometidos y soluciones a los mismos. Siempre tengo la sensación ante la posibilidad de abandono que ni se ofrecen (por parte del Club) ni se buscan (por parte de los padres) seriamente segundas oportunidades, pues no se superan determinadas conductas en las que las descalificaciones mutuas suelen ser la tónica de los diálogos.

Asumo por otro lado que uno, cualquier jugador, es muy libre de abandonar la asignatura de fútbol, por las causas que sean y sin dar ningún tipo de explicaciones, pero esto no lo puedo considerar como fracaso escolar, pues esta actitud cierra las puertas al diálogo y al análisis y la considero una actitud sencillamente inmadura que no suele darse mucho afortunadamente.

Al final de curso, también los alumnos y los padres tienen que aceptar deportivamente, que alguno de aquellos, a criterio del profesor y del claustro (estamentos deportivos) no aprueben o superen la asignatura de fútbol y recomienden buscarse otro Club (colegio) en donde poder continuar el aprendizaje de su afición impartida por otros profesores. El decidir qué alumno suspende, en ningún caso debe ser una decisión gratuita y poco meditada o razonada. Estoy seguro que es muy delicada de comunicar y como todas las decisiones, puede ser calificada como errónea en ocasiones. Pero de lo que estoy seguro es que nunca tienen intencionalidad de desconsideración, desprecio, intolerancia e insensibilidad hacia el suspendido, aunque estos se sientan dolidos y decepcionados por no haber superado después de tanto esfuerzo, la asignatura de fútbol.

Encuentro por tanto, muchos parámetros coincidentes como para aceptar al fútbol, ese opio del último siglo, simplemente como una asignatura extraescolar, no obligatoria, no exenta de esfuerzo, ilusión y decepción, en la que hay que relativizar tanto el posible fracaso escolar de nuestros hijos como el suspenso final según los términos en que reflexiono en este escrito. Así lo entiendo yo y así intento transmitirlo a mis hijos, dos jugadores que visten en la actualidad la camiseta de un Club modesto cual es el ROMO FC.

 

Luis Labeaga (13 de noviembre de 2007)